Poniendo la semilla del contrapoder (Observaciones de una voluntaria)

Un día en la página de Facebook de la universidad en la que estoy estudiando un grado de Antropología Social y Cultural leí un anuncio donde decía que se buscaba a antropólogos voluntarios para un proyecto en Nepal. Este nombre, Nepal, me llamó la atención; un país que me encanta, que he visitado 7 veces y en el cual, desde mi primer aterrizaje en Kathmandu, sin todavía salir del aeropuerto, me sentí como si llegara a un lugar familiar. Estaba en un momento de mi vida que me permitía tomarme unos meses libres y por lo tanto envié mi candidatura a la ONG.

Hablé por Skype con Bea, quien me explicó el proyecto y la práctica cultural, el Chhaupadi, razón de la intervención de la organización en la comunidad; práctica que, pese mis viajes a Nepal, desconocía que se llevase a cabo de una forma tan absoluta.

Una vez seleccionada, me explicaron mi rol como antropóloga : “encontrar una estrategia para involucrar a los chamanes y los hombres en el proceso de concienciación que se espera conseguir con la intervención”.

Uy, uy, sencillo, (por supuesto lo digo irónicamente, sobre todo para una antropóloga en proceso de formación), pero me gusta, porque ya me indica el enfoque completo a todos los niveles de la ONG.

Nunca había colaborado con una ONG, siempre he sido un poco desconfiada; por lo tanto, organicé un plan B (sí, porque yo soy más de tener un plan B, y no como hace Bea, estupenda persona, miembro de be artsy, que enfoca toda sus energías para que el plan A se realice), decidiendo llevarme todo mi equipaje de montaña para perderme por unas cuantas semanas en las poderosas y energéticas Himalayas por si acaso el proyecto no me gustaba… Pues sí que me hice un trekking, pero al final del proyecto, porque este último me encantó.

El proyecto intenta concienciar a las personas de la comunidad sobre lo que es la menstruación, impartiendo un taller de educación sexual, higiene y salud menstrual en las escuelas, y ofreciendo la copa menstrual como solución ecológica e higiénica, teniendo en cuenta que muchas mujeres utilizan trapos o llevan dos, tres bragas, en lugar de usar compresas.

Esta formación es importante, considerando que en el currículum escolar todavía no hay una sección que trata de estos temas. Razón por la cual la práctica del Chhaupadi está tan arraigada, porque desconocen qué es la menstruación en el sentido biológico.

Durante mis entrevistas a la pregunta “¿que es la menstruación?” la respuesta era Chhaupadi. Es decir, no se distingue el proceso biológico de una tradición, cuyo origen preciso se desconoce pero que sigue siendo transmitida automáticamente de generación en generación por las personas mayores. La superstición de que las mujeres sean impuras representa el único conocimiento que las adolescentes reciben sobre lo que es la menstruación.

 

 

Los talleres están dirigidos a los niños y adolescentes, de ambos sexos, quienes en unos años serán maridos, mujeres y padres, potenciales agentes de cambio, en tanto que las personas que actualmente son mayores, tanto hombres como mujeres, junto con los chamanes, no son proclives al cambio en lo que se refiere a la práctica. Esto es justamente el reflejo de la estructura social: patriarcal, en la que la mujer ocupa un papel subordinado y los mayores tienen mucho poder. Es una práctica que no tiene beneficios ni funcionalidad de ningún tipo para las mujeres, excepto la de apoyar la estratificación de género en el seno de la sociedad.

El enfoque se centra en adolescentes y niños, pero al mismo tiempo se incluye a las personas que ocupan las posiciones sociales de poder: se les informa, pero sin dejarles el mando.

Esto es otro punto que me gusta, porque dejarles el mando significaría cambiar la forma pero no la esencia: se seguiría otorgando poder y reconocimiento a quien ya lo tiene, dejando en las sombras a las mujeres, confirmando una estructura de poder desigual.

Quienes imparten los talleres son chicas locales que viven en la comunidad, planteamiento que consigue lo que más me ha gustado del proyecto: be artsy está dando una oportunidad a estas chicas, aportándoles conocimiento a través de una intensa formación, les paga, y sobre todo, la parte más valiosa: les proporciona seguridad en sí mismas, les da la posibilidad de apoderarse y emanciparse. No el poder negativo y destructor que les confiere la sociedad, más bien el poder de romper con la estructura mental que les hace sentir inferiores e impuras.

Esta es la cosa que más me ha emocionado: poder ver cómo chicas entre los 16 y los 18 años han cambiado tras estar 50 días juntas.

Hiukala, la formadora de mi grupo, tiene 18 años y, más que otras, representa este rápido e intenso cambio. Cuando la conocí durante el training era tan tímida que cuando le pregunté: “¿cómo te llamas?” me contestó susurrando su nombre y mirando abajo; hablar en público, imposible.

La verdad es que no me la imaginaba impartiendo talleres frente a decenas de adolescentes y hablando con los chamanes, pero estaba equivocada. Día tras día, con mucho esfuerzo y voluntad, junto a Kamala, Goma y Basanti , las otras chicas del grupo, vi cómo se estaba fortaleciendo hasta poder llegar a su pueblo y decir a sus padres que a partir de ese momento no aceptaba ser desterrada durante los días de la regla.

 

 

Se convierten en símbolo para las mujeres de su propia comunidad y sobre todo una referencia, porque cada dos meses las formadoras hacen un seguimiento con las mujeres y chicas que utilizan la copa, tanto para monitorear el uso correcto de la copa como su repercusión con respecto a la práctica del Chhaupadi.

Aquí introduzco otro punto a favor del proyecto: formando a chicas de la comunidad, les proporcionan las herramientas para trasmitir conocimiento, a la vez que favorecen el desarrollo de un contexto de debate que no existiría debido al entorno político (subordinación de las mujeres), sociocultural y económico, que hace que las mujeres estén todo el tiempo ocupadas en tareas dirigidas al sustento del hogar y el cuidado de la familia. Conforman un espacio de conjunto desde donde pueden surgir resistencia y cambio, pero dejando la gestión a las personas de la comunidad, quienes activan el cambio si lo desean y lo ven necesario.

Una forma de resistencia que actualmente se manifiesta se presenta exclusivamente en las canciones que narran los sufrimientos del Chhaupadi e invocan a los dioses para que las dejen libres de permanecer en su casa.

Por último, pero no menos importante, es la parte de la fotografía participativa.

La diversidad cultural no se hace notar solo en aspectos exteriores, materiales y visibles, sino también en aspectos invisibles como las emociones, prevaleciendo unas más que otras.

 

 

Hablando de menstruación se impone la vergüenza sobre la naturalidad, por lo que con el empleo de la fotografía como método de comunicación alternativo a la palabra, pero igual de eficaz, se invita a las mujeres a compartir su visión y experiencia sobre la menstruación, modalidad que destaca la sensibilidad del proyecto.

Este proyecto no tiene repercusiones exclusivamente sobre los habitantes de la comunidad, sino también sobre todas las personas que contribuyen: mi experiencia en el “campo” ha sido muy intensa, sobre todo desde un punto de vista humano.

Empezando por el equipo de be artsy, compuesto por personas estupendas; pocas, pero que valen mucho, quienes a pesar de las numerosas dificultades e imprevistos cotidianos llevan adelante el proyecto con determinación y compromiso de forma completamente gratuita y voluntaria.

Su labor se caracteriza por el esfuerzo, la pasión, la entrega, la creencia en el activismo y el cambio social, lo cual, como he descrito anteriormente, se refleja en la calidad del proyecto.

Me sorprendió la transparencia en la gestión y el cuidado en el trato. Todos ellos aspectos que han hecho que mi plan B no se concretara.

La intensidad es debida también al contexto precario, que precisa de un buen espíritu de adaptación e incluso de abandono de uno mismo, en cuanto a única persona occidental en comunidades aisladas donde nadie habla inglés.

Sin duda ha sido la experiencia más auténtica de todas mis estancias en Nepal: en un entorno cálido, esperar que te hiervan agua para poder beber, comiendo exclusivamente dal bhat y olvidándote de la posibilidad de poder elegir otra cosa, pero dándote cuenta de lo afortunada que eres porque en tu vida cotidiana lo tienes, duchándote al aire libre con un incómodo saco llamado petit-cot y compartiendo habitaciones, a veces incluso camas, con personas y bichos. A mi vuelta tuve que buscar en el diccionario el significado de la palabra privacidad: durante esta estancia cayó en desuso.

Me comentaron al principio que iba a vivir como una nepalí, pero esto no fue posible, porque mi color de piel, junto con la hospitalidad local, me otorgaron siempre una posición privilegiada, aunque mi rol resultara incómodo para algunos campesinos (hombres y chamanes). Siempre disfruté de la cama más grande, de la almohada más cómoda, a menudo no tuve que hacer cola en la fuente para ducharme y cualquier petición que pudiera plantear se convertía en asunto y obligación de la comunidad.

Sin olvidar que tenía angelitos conmigo: Hiukala, Kamala, Goma y Basanti, formadoras y mentoras de be artsy que durante la estancia han velado por mí.

Una experiencia inolvidable y que te toca la fibra sensible: viajé para conocer unas aldeas y sus prácticas culturales, y terminé conociéndome mejor a mí misma.

Dhanyabad!

Escrito, y © photos, por Eleonora Bordogni, con correción de Tere Salinero

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