¿Cómo sería crecer siendo mujer en Achham, Nepal?

Han sido ya muchos meses desde que dejé Nepal. Mi vida como voluntaria en el Proyecto Rato Baltin parece muy lejana, porque han ocurrido muchas cosas desde que me fui de Achham, pero todavía puedo sentir cómo ser parte de este proyecto provocó cambios en mí misma y en mi vida.

Cuando al principio empecé a escribir sobre mi experiencia como voluntaria, pensé que compartiría mi punto de vista sobre la contribución de la tecnología en proyectos de desarrollo. De hecho, la mayoría de mis tareas como voluntaria eran preparar formularios en esta nueva aplicación que utilizábamos para recoger datos en el campo. Este software, “Kobotoolbox”, me mantuvo ocupada desde febrero hasta que dejé Katmandú en junio. Yo era una estudiante de cooperación internacional y había aprendido la importancia de recoger datos en el campo, y Kobo era una tecnología fantástica que nos permitiría conseguir toda la información que necesitábamos sin necesitar estar conectados a internet. Con esta herramienta, podíamos recoger y guardar todos nuestros datos desde sitios remotos y descargarlos tan pronto volviéramos a la oficina con conexión a internet. Los datos son esenciales porque nos proveen información sobre el impacto del proyecto y con el uso de la tecnología la información queda protegida y se evita perder papeles. Es también una gran ayuda para empoderar a la población porque es una herramienta genial para desarrollar nuevas habilidades y tener acceso a información fiable de forma más rápida.

En efecto, era asombroso ver a las jóvenes mentoras y formadoras aprender a utilizar las tablets. Las responsabilidades que conllevaban sus tareas las ayudaban a crecer y tener confianza en lo que eran capaces de hacer en tan corto plazo de tiempo. Y para mí, el desafío era ser capaz de explicarlas cómo utilizar el aparato sin hablar el mismo idioma. Paciencia e imaginación se convirtieron en mis mejores amigos y me aseguré de mantener esas cualidades durante el tiempo que pasé en los pueblos.

 

A girl learning and working with a tablet, in Nepal

 

Cuando empecé a escribir el primer borrador de este testimonio me di cuenta de que no estaba hablando sobre lo que sentía respecto a mi experiencia con el proyecto. No era capaz de expresar mis sentimientos hacia el mismo porque no podía dar un paso atrás para mirar y ver lo que había traído a mi vida. Yo estaba segura de que el proyecto tenía un impacto positivo en las chicas y mujeres de Achham, pero no podía ver el impacto que tenía en mi propia vida.

Tuve que recordar: ¿por qué decidí ir al oeste de Nepal en vez de irme de senderismo? Nepal era un destino soñado por mí desde hacía mucho tiempo, pero tengo que admitir que, excepto por el hecho de que es el lugar de nacimiento de Buda y que hay muchas actividades de exterior debido a la cadena de montañas, no conocía demasiado sobre la gente y la cultura. De modo que cuando mi amiga Marisol vino de vuelta de su viaje al Anapurna, y me dijo que había conocido a esta fantástica mujer española que hace un increíble trabajo para las mujeres jóvenes luchando contra la práctica del Chaupadi, mi primera y única pregunta fue: ¿qué es el Chaupadi? Estaba estudiando cooperación internacional, y había analizado todo tipo de proyectos diferentes sobre el empoderamiento de la mujer, pero nunca había oído hablar de una práctica tan degradante y peligrosa para mujeres y chicas. Cuando empecé a investigar y me fijé en las acciones del Proyecto Rato Baltin, ¡tuve claro que quería formar parte de ello! Quería ser capaz de utilizar mis conocimientos de estos dos años de estudio de cooperación internacional para un proyecto en el que creyera. Además de eso, fuera una oportunidad para mí de descubrir este país que soñaba con explorar.

Mi semestre en la universidad había terminado y estaba volando y conduciendo todo el camino hacia Sanfebagar en Achham, a mediados de abril. Cuando Clara me dijo que me tomaría dos días en autobús para llegar a nuestro punto de encuentro para la formación, tengo que admitir que no estaba segura de a dónde iba, y estaba un poco preocupada. Tenía que encontrar el camino hasta allí yo sola ya que no me dio tiempo a irme de Katmandú con el resto del equipo. Fue mi primer encuentro con la cultura nepalí. Tenía que creer que, sin importar cuánto tiempo me llevaría, día y noche conduciendo por carreteras llenas de baches, llegaría a mi destino. Tenía que dejar ir el miedo a lo desconocido y simplemente dejarme estar en el momento presente, y saber que todo iría bien. Todavía puedo recordar el calor, el polvo y el ruido en la carretera, y cómo me sentí torpe, cansada y perdida en mi primer día de formación. ¡Pero allí estaba por fin!

Pronto me di cuenta de que formar parte del proyecto no era solo acerca de mí ayudando y compartiendo mis conocimientos. En Achham, más que nada estaba recibiendo y aprendiendo. Aunque no podía expresarme en palabras, estaba interactuando con las chicas. Las jóvenes mentoras, Lalita, Sangita, Manisha y Tulsi, con las que compartía habitación, estaban siempre preocupadas por mi bienestar porque sabían que las condiciones en las que vivíamos eran inusuales para mí. Enseguida formé parte de su mundo y de alguna manera me mostraron lo que era ser una mujer joven en Achham.

Yo estaba impresionada por su dedicación a sus tareas, y según las observaba prepararse para la clase cada mañana, no podía evitar imaginar cómo sería las cosas para ellas si no tuvieran la oportunidad de impartir la clase de educación sexual para el Proyecto Rato Baltin. Habrían estado probablemente en el campo o ayudando con las tareas caseras, pero en vez de eso, estaban haciendo cambios en su comunidad orgullosamente.

En cada uno de los tres pueblos que visitamos, el estilo de vida era diferente, pero la falta de acceso a agua limpia era siempre el mayor problema. Tuve que acostumbrarme a ducharme usando el caño de agua principal en la ropa interior y siendo observada con curiosidad por cualquiera que viniese a llenar sus vasijas.

En Hichma, el primer pueblo, me sentí enseguida como en casa. Los miembros de la comunidad nos proporcionaron una calurosa bienvenida y recibimos un fuerte apoyo por su parte. En el colegio, los estudiantes se mostraron muy abiertos e interesados por la clase que las chicas impartían, y cuando nuestro trabajo terminaba, mis paseos habituales a última hora de la tarde me permitirían tomar fotos de las mujeres y del paisaje. Estaba tomando fotos de momentos que no olvidaría nunca. Pensé que podría entender lo que se siente siendo una mujer en Achham mirándolas y viviendo con ellas, pero la verdad es que no me pude sentir identificada respecto a la práctica del Chaupadi. Yo nunca me encontraré en la tesitura de que me obliguen a dormir en una cabaña y ser considerada impura cada mes. No importa cuánto pueda estudiar los problemas que conlleva esta práctica, yo nunca sentiré el miedo de estar sola, el sentimiento de injusticia y rechazo, el sentimiento de no ser capaz de ir a rezar al templo o el sentimiento de que me pidan que coma separada del resto de la familia. Incluso si paso tiempo viajando e incluso si me quedo el suficiente tiempo como para sumergirme en la cultura y tradiciones, nunca sabré lo que se siente creciendo y viviendo en un país subdesarrollado. Aunque nunca me sentí como una privilegiada en mi propio país, en los pueblos en Nepal pude sentir lo afortunada que era por crecer en un entorno donde puedo ser libre de ser la mujer que he escogido ser. Tengo suerte porque nací en una parte del mundo donde pude ser libre para hacer cualquier cosa con mi vida y amar a quien quiera. No importa si soy rica o pobre, todavía tengo el derecho de decidir por mí misma lo que quiero hacer con mi vida.

 

Photo: Anne-Laure Crepin, a chhaugot

 

Luego se hizo más obvio que debía utilizar estos privilegios para ayudar a aquellos que necesitan algunos cambios en sus condiciones y en sus vidas. Como extranjera, no era mi papel obligar o imponer nuevos hábitos o intentar cambiar las tradiciones. Solo podía servir como ejemplo de lo libre que puede ser una mujer cuando tiene las herramientas para hacer su periodo más cómodo y experimentarlo como un proceso natural.

Por ello, la copa menstrual es la mejor solución y cualquier mujer debería poder beneficiarse de ella. Como privilegiada, es mi responsabilidad permanecer activa y ayudar a aquellos que lo necesitan. Lo que aprendí es que somos responsables de nuestros propios cambios. Las chicas, mentoras y las formadoras acogieron la oportunidad que se les estaba brindando. Transforman su vida por un tiempo y probablemente para siempre, y creo firmemente que nuestro paso con el Proyecto Rato Baltin también tendrá un impacto en mujeres jóvenes en Achham y provocará cambios en sus vidas. En lo que a mí concierne, sé que estaré de vuelta en Nepal y que mi participación en el Proyecto Rato Baltin no ha terminado todavía. Hoy me siento agradecida por esta oportunidad de tomar parte en esta aventura y cada mes cuando me toca utilizar la copa menstrual, no puedo evitar recordar lo que significa ser mujer en Achham.

 

Workshop with girls in Achham

Escrito, y fotos, por Anne-Laure Crepin, corrección de Shae Marineau, traducción por Tere Salinero.

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